En este blog intentamos establecer una conexión entre los conceptos: educación, ciencia, ciudadanía, desarrollo comunitario, enriquecimiento cultural, crecimiento personal y cambio social

viernes, 20 de marzo de 2009

Pygmalion en la escuela. Expectativas del maestro y desarrollo intelectual del alumno


 El "efecto Pygmalion" en educación consiste en que los alumnos cumplen las expectativas que ponen en ellos sus profesores. Es una seria llamada de atención a los profesores y a los responsables de la organización de los centros escolares que te hace pensar la eficacia educativa de la segregación temprana en base a etiquetas según expectativas académicas.

Pygmalion hace referencia al mito griego del escultor que se enamora de una de sus obras, tratándola como si estuviera viva de tal forma que termina estándolo, haciendo así realidad una creencia que inicialmente era falsa.
«... Mire, real y sinceramente, aparte de las cosas que todo el mundo puede lograr (como vestirse y hablar correctamente), la diferencia entre una señora y una florista no reside en cómo se comporten, sino en cómo se las trata. Yo seré siempre una florista para el profesor Higgins, porque él siempre me trata como a una florista, y así siempre lo hará; pero sé que puedo ser una señora para usted porque usted siempre me trata como a una señora y siempre lo hará así.»
G. B. SHAW, Pygmalion
Este libro es un clásico de la pedagogía. "Pygmalion en la escuela. Expectativas del maestro y desarrollo intelectual del alumno" de R. Rosenthal y L. Jacobson. Ed Marova. 1980. (Publicado por primera vez en 1968 con el título Pygmalion in the classroom.)

A raíz del informe Coleman, en los años sesenta, se empezó a evidenciar con diferentes estudios el efecto del contexto en los resultados académicos de los alumnos. Esto dio origen a muchas reflexiones sobre cómo los sistemas educativos podían trabajar para superar estas condiciones de partida y mejorar los resultados académicos para todos los alumnos.

En aquellos años R. Rosenthal y L. Jacobson partieron de la idea general de que las profecías se cumplen, por el mero hecho de hacerlas, o por lo menos son un factor que contribuye a ello. A partir de experimentos estadísticos y estudios de casos, demostraron que este fenómeno también se da en educación. Señalaron claramente cómo los alumnos que son clasificados como torpes o indisciplinados por ese mero hecho, acaban convirtiéndose en lo que se esperaba de ellos y, al revés, los alumnos sobre los que se tienen grandes expectativas al fin las cumplen. Este "efecto Pygmalion" en educación es una llamada de atención a los profesores y a los responsables de la organización de los centros escolares que te hace pensar.

Veamos una parte del prólogo en la que los autores presentan su trabajo.


Prólogo

Las personas hacen más a menudo lo que se espera de ellas que lo contrario. Nuestra conducta está determinada en gran parte por reglas y expectativas que permiten prever cómo se comportará tal persona en una situación dada, aunque no hayamos conocido nunca a esa persona e ignoremos en qué difiere de las demás. Además existe una gran variabilidad entre los comportamientos, de manera que podemos prever el comportamiento de una persona que conocemos, con mucha más seguridad que el de un desconocido. Nuestras expectativas sobre el comportamiento de esa persona serán más acertadas porque conocemos su conducta anterior. Pero tenemos ahora una nueva y buena razón para creer que otro factor interviene en la exactitud de nuestras predicciones. Nuestra predicción o profecía puede ser por sí misma un factor que determine la conducta de otra persona. Cuando esperamos encontrar a una persona agradable, nuestra manera de tratarle, desde un principio, puede de hecho volverle más agradable todavía. De la misma manera, si esperamos encontrar a una persona desagradable, nos acercamos a ella a la defensiva, por eso se convierte efectivamente en una persona desagradable. Este es el tema central del libro. Es decir, la autorrealización de las profecías interpersonales: cómo la expectativa que una persona tiene sobre el comportamiento de otra puede, sin pretenderlo, convertirse en una exacta predicción simplemente por el hecho de existir.

Recordaremos primero las pruebas ya existentes sobre estas profecías interpersonales que se cumplen automáticamente, y presentaremos de una manera más detallada una nueva. Esta nueva prueba procede de un contexto educativo y se dirige a la cuestión de si la expectativa de un maestro sobre la actitud intelectual de sus alumnos puede llegar a operar como una profecía educativa que se cumple automáticamente.

Para resumir brevemente este hecho, diremos que el 20 por 100 de los alumnos de una escuela elemental fueron presentados a sus maestros como capaces de un desarrollo intelectual partícularmente brillante. Los nombres de estos niños habían sido extraídos al azar. Ocho meses más tarde el C.I. (cociente intelectual) de estos niños «milagro» había aumentado de una manera significativamente superior que el del resto de sus compañeros no destacados a la atención de sus maestros. El cambio en las expectativas de los maestros respecto al rendimiento intelectual de los niños considerados como "especiales" provocó un cambio real en el rendimiento intelectual de esos niños elegidos al azar. Hay varios factores que determinan a la expectativa de los maestros sobre la aptitud intelectual de sus alumnos. Antes, incluso, de que un maestro haya observado a un alumno realizando una tarea escolar, tiene ya una expectativa sobre su comportamiento. Si va a enseñar a un «grupo lento», o de color, o de cuyas madres están necesitadas, él esperará distintos resultados escolares que si va a enseñar a un «grupo rápido», o a niños de un medio social más acomodado. Antes incluso de haber visto el trabajo del niño ha podido conocer resultados de sus tests de aptitud o de sus cursos anteriores, o pueden haberle comunicado informaciones menos formales que van constituyendo la reputación del niño. Se han realizado exposiciones teóricas, se han presentado incluso algunas pruebas, la mayoría de ellas anecdóticas, de que la expectativas del maestro puede convertirse en una profecía que se cumple automáticamente. Después de considerar esta nueva demostración experimental, pasaremos a presentar algunas consecuencias para la investigación y práctica pedagógicas.
Efecto Pigmalión en la Escuela. Experimento Rosenthal y Jacobson from Ignacio Calderón Almendros on Vimeo.




Algunos enlaces muy interesantes:

Una referencia

María José Diaz-Aguado en su libro Del acoso escolar a la cooperación en las aulas Pearson Educación. 2006. Dedica al tema de esta entrada un apartado (páginas 70-75) titulado: El efecto Pygmalyon y la discriminación en el aula. En él se pueden leer algunas conclusiones interesantes sobre los efectos de la discriminación en el aula tradicional obtenidas en investigaciones posteriores al estudio de Rosenthal y Jacobson.

He aquí la cita tomada del libro Convivencia escolar y prevención de la violencia de María José Díaz Aguado:
Expectativas del profesor, discriminación y control
El estudio de la discriminación que con frecuencia se produce en el aula de clase comenzó, en parte, gracias al trabajo experimental de Rosenthal y Jacobson, Pygmalión en la escuela, (1968). Término con el que se hace referencia al mito griego del escultor que se enamora de una de sus obras, tratándola como si estuviera viva de tal forma que termina estándolo, haciendo así realidad una creencia que inicialmente era falsa. En esta investigación se comprobó experimentalmente que la creación de expectativas positivas falsas permitió al profesor hacer de Pygmalión con el cociente intelectual de sus alumnos; y que el efecto de dichas expectativas dependía de determinadas características de los niños, puesto que fue mayor en los primeros cursos, en los que habían sido previamente incluidos en el grupo de aptitud media y en los alumnos pertenecientes a minorías étnicas fácilmente identificables en este sentido (probablemente debido a la existencia de estereotipos negativos que la información transmitida pudo contrarrestar).
Pero ¿cuál es la relación entre las expectativas del profesor y la discriminación en el aula? Hay bastantes estudios que demuestran que el profesor interactúa más frecuentemente en público con los alumnos de expectativas positivas. La importancia de este tipo de diferencias cuantitativas depende de determinadas condiciones, siendo el número de alumnos por profesor una de las más significativas. Cuando hay pocos alumnos el profesor tiende a igualar el tiempo que dedica a cada uno, y entonces las principales diferencias son de tipo cualitativo. Por el contrario, a medida que aumenta dicho número las diferencias de interacción parecen ser básicamente cuantitativas. En estas condiciones resulta muy desigual la distribución de oportunidades para responder en público y participar en las discusiones; y suele haber un pequeño grupo de alumnos brillantes que protagonizan casi todas las intervenciones y otro pequeño grupo de alumnos lentos que no participa casi nunca. Diferencia de oportunidades que parece anticipar a la que se produce entre los adultos en nuestra sociedad. Esta desigual distribución de interacciones públicas y privadas parece obedecer a la necesidad de controlar, por una parte, la clase eligiendo a los alumnos más adecuados para ello e intentar, por otra, de forma individual controlar la conducta de los alumnos problemáticos. Se ha observado, por otra parte, que el profesor suele dirigir preguntas más difíciles y dejar más tiempo para responder a los alumnos de altas expectativas. La diferencia cualitativa más importante gira en torno a la forma con que proporciona reconocimiento y crítica a cada uno de sus alumnos. Utiliza muchos más elogios y críticas, respectivamente, con los alumnos de altas y bajas expectativas. Las expectativas negativas parecen cumplirse por las críticas con que el profesor responde a las interacciones que con él inician estos alumnos. El profesor suele percibir falta de control personal sobre ellos y la crítica con que les responde está destinada a aumentarlo; su principal efecto , al percibir los alumnos que no se relaciona con su rendimiento, es que disminuye su motivación y hace que inicien menos interacciones que escapen al control del profesor.
Conviene tener en cuenta, por último, que las expectativas del profesor hacia los alumnos dependen, como demuestra la evidencia disponible, de su propia capacidad para enseñarles. De lo cual se deduce que la forma más adecuada y sólida de mejorar sus expectativas hacia los alumnos difíciles es mejorando al mismo tiempo sus recursos docentes y las condiciones en las que debe desempeñar su trabajo para favorecer el aprendizaje y la motivación de dichos alumnos. Este desarrollo de los recursos y condiciones educativas debe ir acompañado de una definición del papel de profesor claramente orientada al logro de la igualdad de oportunidades y la lucha contra la exclusión.

Para saber más: artículo tomado de los salesianos de Sevilla.

En el libro Nuevas Parábolas para educar en valores de Antonio Pérez Esclarín,

10.- UN ERROR AFORTUNADO

En el salón de clase había dos alumnos que tenían el mismo apellido: Urdaneta. Uno de los Urdaneta, el más pequeño, era un verdadero dolor de cabeza para la maestra: indisciplinado, poco aplicado en sus estudios, buscador de pleitos. El otro Urdaneta, en cambio, era un alumno ejemplar.

Tras la reunión de representantes, una señora de modales muy finos se presentó a la maestra como la mamá de Urdaneta. Creyendo que se trataba de la mamá del alumno aplicado, la maestra se deshizo en alabanzas y felicitaciones y repitió varias veces que era un verdadero placer tener a su hijo como alumno.
A la mañana siguiente, el Urdaneta revoltoso llegó muy temprano al colegio y fue directo en busca de su maestra. Cuando la encontró, le dijo casi entre lágrimas: “Muchas gracias por haberle dicho a mi mamá que yo era uno de sus alumnos preferidos y que era un placer tenerme en su clase. ¡Con qué alegría me lo decía mamá! ¡Qué feliz estaba! Ya sé que hasta ahora no he sido bueno, pero desde ahora lo voy a ser”.

La maestra cayó en la cuenta de su error pero no dijo nada. Sólo sonrió y acarició levemente la cabeza de Urdaneta en un gesto de profundo cariño. El pequeño Urdaneta cambió totalmente desde entonces y fue, realmente, un placer tenerlo en clase.

Las expectativas que abrigamos hacia una persona se las comunicamos y es probable que se conviertan en realidad. Esto es lo que se conoce como Efecto Pigmalión. Según la mitología, Pigmalión, rey legendario de Chipre, esculpió en marfil una estatua de mujer tan hermosa que se enamoró perdidamente de ella. Invocó a la diosa Venus, quien atendió las súplicas del rey enamorado, y convirtió la estatua en una bellísima mujer de carne y hueso. Pigmalión la llamó Galatea, se casaron y fueron muy felices.
El mito de Pigmalión viene a significar que las expectativas, positivas o negativas, influyen mucho en las personas con las que nos relacionamos. De ahí la importancia de tener expectativas positivas de nuestros alumnos. La capacidad de aceptar a los otros como son, y no como quisiéramos que fueran, y de comunicarles dicha aceptación mediante palabras o gestos, es tal vez la principal herramienta para producir cambios positivos en el crecimiento y desarrollo de la persona.

Diferentes tests e investigaciones de Rosenthal han demostrado que las expectativas de los maestros constituyen uno de los factores más poderosos en el rendimiento escolar de los alumnos. Si el maestro tiene expectativas positivas respecto a sus alumnos, se las comunica y logra que estos avancen. Lo mismo si son negativas. Si el maestro está convencido de que sus alumnos -o alguno de ellos- son incapaces, los vuelve incapaces. Como dice Fernando Savater: “Si piensas que tu alumno es un idiota, si en realidad no lo es, pronto lo será”. Si, por lo contrario, el maestro está convencido de que tiene en su salón un grupo de triunfadores, los vuelve triunfadores. Si el maestro tiene una autoestima positiva, valora su trabajo y se encuentra a gusto consigo mismo, la comunica a sus alumnos. Por el contrario, el maestro amargado, sin entusiasmo ni ilusión, cubre toda la acción educativa con un manto de pesimismo y frena el aprendizaje de sus alumnos.

Evita toda palabra, gesto u opinión ofensiva.(“Eres un inútil; no sabes nada; mal, como siempre...”) Subraya siempre lo positivo, y sobre todo, no dejes nunca de querer a tus alumnos. Querer a los alumnos no es alcahuetearlos ni abrumarlos con ilusorias expectativas que les lleven a imaginar que son el ombligo del mundo. Querer a los alumnos supone interesarse por ellos, por su crecimiento y su desarrollo integral, alegrarse de sus éxitos aunque sean pequeños y parciales y, sobre todo, nunca perder la fe ni la esperanza. El notable pedagogo ruso Makarenko, cuenta la historia de un “malandro” que poco a poco se fue transformando, gracias al trabajo cooperativo y autoresponsable. Más tarde, sin embargo, reincide y huye con el dinero. Makarenko no lo denuncia a la policía, y varios meses después el ladrón regresa, sin que nadie le obligue a hacerlo. Makarenko actúa como si nada hubiera ocurrido, y le confía una gran cantidad de dinero para que vaya a hacer compras a la ciudad. El conflicto quedó resuelto automáticamente, sin necesidad de discursos moralizantes. La moral estaba precisamente en el regreso del “malandro” y en el riesgo que Makarenko decidió correr. No se trata de una “prueba”, sino que es la prueba de que el educador no percibió al ladrón como tal, sino como una persona para quien cualquier milagro es posible por el hecho de serlo. De ahí la necesidad de mirar a los alumnos siempre con los ojos del corazón.





En EDUCACIÓN EN ORCASUR:

3 comentarios:

Yolanda jb dijo...

Muy bueno. Leeré el libro. Te he "cortado" y "pegado" en EducaRueca. Me voy que han tocado...

Angel de la Llave dijo...

Gracias Yolanda. Te reconozco que me picó la curiosidad la excelente entrada de EDUCARUECA sobre el tema.

Anónimo dijo...

Interesante entrada, y muy necesaria hoy en dia para razonar, me gustaria comprar el libro pero no lo venden por ningun lado, donde lo conseguisteis vosotros? gracias.